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Editorial

¿Saber para hacer? La pregunta que se hacen los jóvenes de hoy

El sistema educativo del País, en general, supone que los estudiantes pasarán por tres ciclos escolares, primaria, secundaria y preparatoria, antes de ser candidatos para continuar en las diferentes opciones que ofrecen las universidades, politécnicos y tecnológicos. Hasta la secundaria, todo tranquilo, suponiendo calificaciones adecuadas, pero en la preparatoria se inicia un proceso emocional difícil y estresante para los jóvenes y sus familias: los muchachos deben empezar a decidir a qué se van a dedicar el resto de su vida, piensan ellos, su carrera. Eso hace la decisión muy seria y solemne. Sin embargo, no lo es tanto.

Una carrera profesional no necesariamente define fatalmente a una persona. La posibilidad de cambio siempre existe y la reconsideración durante los estudios, o después, es un hecho que se ve todos los días. Además, las posibilidades de estudiar alguna maestría e inclusive el doctorado, es hoy es una realidad más fácil y más cercana de lo que se cree. Los estudios de grado pueden redefinir las decisiones que los muchachos tomaron en la preparatoria. Así pues pueden estar tranquilos.

Lo que sí debería preocupar es el sistema escolar que padecemos. Es viejo y está diseñado al revés. Digo esto, porque alguien, en el pasado, pensó que se podía suponer un perfil único para comprimir los grandes bloques del conocimiento. Por eso, los abogados deberían estudiar tal y tal materia y los médicos otro tanto y los ingenieros mecánicos, otro tipo de paquete, etc. Quizás las carreras universitarias justifiquen esta rigidez por la naturaleza del ejercicio profesional. Pero que desde la preparatoria el joven indeciso deba tragarse la píldora completa a partir de un modelo predeterminado, me parece un gran error. Creemos, y nos gustaría dedicarle tiempo al análisis, que se está confundiendo el saber con el hacer.

queestudiar

Un joven que está inmerso en internet y los medios de comunicación masivos, piensa  diferente. En el pasado las fuentes del conocimiento a su alcance eran padres, abuelos, hermanos; los profesores y los libros. Con ellos compite hoy la velocidad de las redes sociales, del internet, de los medios.

La competencia se establece porque el joven está atrapado y enamorado del Facebook, del Twitter, de la televisión. Ante las fuentes antiguas parecen triunfar la  televisión, el Facebook,  el Twitter, el internet. Los padres y los maestros impactan  menos. El joven de hoy  está en un mundo que cambia cada hora y por todo eso, también está inmerso en un sistema educativo obsoleto.

¿Y qué tienen que ver las empresas en todo eso? Les afecta en mucho porque también las personas que emplean navegan por las mismas aguas rápidas, cambiantes y peligrosas. Lo que era bueno antes ya no es bueno hoy, la fuente de información y formación ya no es el líder o el jefe, los derechos laborales son conocidos por todos, hay mucha información, pero poca formación. Las aguas son menos profundas y las rocas más peligrosas. La solidez de la colocación es menor, los cambios en la carrera son más frecuentes, etc.

La educación formal necesita ser reformada para adaptarla a las nuevas circunstancias. Es urgente la flexibilidad y la formación a partir de las personas y no desde el punto de vista de unos cuantos que han decidido lo que los individuos necesitan saber para hacer.

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